MATA DE TABACO GRANDE

 

Los mogotes acunan el sol entre el jolgorio de las aves y el arrullo de la brisa secreteándose con las palmas, cuajaníes, tibisíes y dragos.

Atardecía y Emeterio desanda lento la vereda de los Riveras. Delante suyo, Canela, saltarina, ladra incesantemente, como anunciándole a su dueño que iban por buen camino.

Aquella tarde de septiembre Emeterio había estado en sus semilleros de tabaco. La siembra se acercaba y el tiempo que hacía no era el mejor; llovía mucho, y ahorita se nos va el mes, las resolanas duraban casi todo el día, y lo que es peor, el viento seguía del sur.

Así iba Emeterio, ensimismado en sus pensamientos cuando el silencio de Canela le anuncia que ya estaban en el cruce del camino entre las vegas de los Riveras y la de Atanasio Cruz. A la espera del rumbo que tomaría su dueño, el animal espera echado a una vera del camino.

Emeterio decidió que era mejor pasar por donde lo de su compadre Atanasio pues a esas horas, Antonia tenía junto a las brasas del fogón una colada de café y un buchito no vendría mal después de toda una tarde con el espinazo doblado.

Al llegar a la casa de Atanasio, Emeterio cuelga su jolongo en una matica de canistel que apenas sobrepasaba los tres metros de altura y que, según María Antonia, había crecido allí a la brava, soportando el paso de los muchos animales y el corretaje de los vejigos.

Pase usted y arrecuéste el taburete que Antonia está preparando la colada―Atanasio señala hacia el asiento. ―Mire, Emeterio, le presento a un pariente de Antonia. El hombre es tabaquero como nosotros, pero de los de allá, de los de la vueltarriba.

El hombre que estaba sentado a la izquierda de Atanasio, se levanta y le extiende su mano derecha a Emeterio.

Evaristo, pa servirle. Evaristo Corrales y Peña, de Camajuaní.

Emeterio estrecha fuertemente la mano de Evaristo y la retiene unos segundos entre la suya.

Emeterio Zabala Iriarte para servirle también. Emeterio, con solo Emeterio le basta pa reconocerme por todos estos rumbos. Emterio, el del valle, que mis apellidos según me contaron mis abuelos vienen de muy lejos y son un poco raros acá.

Sin soltar la mano de Evaristo, Emeterio ladea la cabeza en dirección al llano.

Y pa más seña; nacido, criado y vivo hasta que pueda en este Valle de Viñales, lo más lindo de toda tierra conocida en cualquier rumbo en esta vida.

Antonia llega con tres humeantes güiros de coco y reparte café entre los hombres. En silencio salpicado por ladridos y cacareos se degustan el recién colado café.

Este valle es inmejorable pa`to. Lo mismo que pa la malanga que pa` la yuca, los frijoles y el café. Y para el tabaco ¡que ni se diga! ¡Nunca se ha visto nada igual! Gracias, Antonia, por este buchito de dioses.”

Emeterio devuelve el güiro a María Antonia mientras rebusca en los bolsillos de su camisa. Extrae un pequeño amasijo de hojas de un marrón suave. Pasea el pequeño envoltorio, despacio, frente a sus narices inhalando el aroma que emana de este. En su rostro se dibuja el placer. Sin dejar de mirar a Evaristo, comienza a estirar las hojas de tabaco sobre uno de sus muslos.

Atanasio se percata de que Emeterio busca palabras con su mirar fijo, que quería conversa, mas después de toda una tarde solo en los semilleros de la vereda. Bien que le conoce Atanasio, no así Evaristo que por primera vez visita el valle.

Y hablando de tabaco, Emeterio, ¿cómo va ese semillero?—Atanasio palmea un hombro de Emeterio.

Pa`lante, y pa`lante, compadre, como ya me tiene acostumbrado mi tabaco. Deja que el tiempo no sea el mejor, esas semillas mías no fallan; y déjame tocar madera.

¿Y siembra mucho usted, Emeterio?—Evaristo pregunta tímidamente.

Bueno, en realidad solo siembro un conuquito, apenas unas tres mil posturas. Imagínese usted, soy yo solo en estos trajines y el tiempo va pa`lante no más, sin detenerse, y ya a mis años…

Ya veo que algo así como para no perder la costumbre, ¿no?—Inquiere Evaristo—Nosotros por allá, acostumbramos a sembrar entre veinticinco y treinta mil posturas.

Se equivoca usted, Evaristo, el trabajo no es juego. Siembro apenas tres mil porque me son suficientes pa recogel los cien quintales que acopio cada año. Eso sin contar la fuma que dejo pa` mi y pa`mis amigos. —Emeterio fija su mirada en el rostro de Evaristo.

El semblante de Evaristo refleja desconcierto; y asombro. Su experiencia como tabaquero le dice a viva voz que por cada mil posturas, a lo sumo se cosechan, con tabaco bien atendido, con regadío y buen año, ochenta libras en cuje, que serían entre veinte veintidós cujes. Y si el tabaco es en hojas, tal vez se llegue al quintal. Pero esto que acaba de contarle Emeterio, con pasmosa tranquilidad, lo ha dejado turulato; tres mil posturas, y recoger cien quintales significa que por cada mil posturas, este hombre ¡cosecha treinta y tanto quintales! No, eso nunca será posible. Siente gana de reírse, pues sin duda es una broma, pero la mirada fija de Emeterio le dice que no, que el hombre habla en serio y que en serio él debía tomárselo.

Emeterio continúa mirando imperturbable a Evaristo.

Evaristo se da cuenta que Emeterio espera una palabra, una opinión pero no sabe que decir. El asombro le aprieta la garganta. Finalmente logra preguntarle:

Y venga acá, compadre, ¿Qué tipo de tabaco usted siembra? Es el más productivo que he conocido.

Bueno, en realidad, esta variedad aún no tiene nombre, no le puesto nombre. —Emeterio le da vuelta entre sus dedos al tabaco recién torcido. —Pero la verdad es que todo el mundo por acá ya la va reconociendo cómo el Tabaco Emeterio. Este sorullo es de la siembra del año pasado.

Mire usted, las primeras semillas de este tabaco las obtuve de un canterito que un día regué, como para calmar al aburrimiento, como el que no quiere las cosas, allí mismo, a la parte atrás del platanal y a la vera de unas majaguas que hay al fondo. Y tal parece que la madre natura hizo de las suyas, que algo raro pasó a espaldas de las entendederas cristianas, que parece que hubo un cruce entre plátanos, majaguas y el tabaco mío. El caso es que, fuese lo que fuese, uno no debe estar siempre intentando desentrañar las cosas de Dios, rescabucheando entre las cosa de allá arriba. Lo que si ya se sabe e que salió un tabaco fenomenal, algo nunca ates visto”

Y…y ¿alguien más, por estos rumbos, siembra ese tabaco suyo?—inquiere Evaristo.

¡Qué va compadre!, hasta ahora nadie se ha animado. A la gente le gusta el trabajo fácil prefiere cortar tabaco bajito. No todo el mundo tiene trepaderas.

¿Trepaderas? ¿Eso no es pa` desmochal palmas?

No sé por dónde viene su extrañadera. Las matas de mi tabaco fácilmente alcanzan los tres metros y algo más de alto. No se olvide usted que mi tabaco esta medio cruzao con majagua y plátano. Así que imagínese usted que tronco y hojas da.

Evaristo se vuelve a llevar a la boca el güiro de coco que sostiene en sus manos, aun sabiendo que ya no quedaba café en él.

Emeterio se levanta de su taburete y se dirige a Atanasio.

Bueno, compadre, enséñele a su pariente algo más del valle. Yo me voy que de aquí a la noche hay mucho que hacer. Por hoy ya bastante se ha hablado.

Emeterio enrumba el camino que Canela, saltarina, iba despejando con sus ladridos.

(Relato inspirado en testimonio local)

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